PRINCIPIO DE LA PARSIMONIA

Vivimos confinados y, lo que es peor, confiados en que esto acabará, y si no cambia, solo se transforma. Recientemente proyectaron la película La trinchera infinita, basada en la vida de los topos, personas perseguidas por el régimen totalitario del golpista Franco. Que ante el temor suyo y de los suyos de ser fusilados permanecieron escondidos hasta el final de la dictadura. Estaban confinados en pequeños zulos, hasta llegaron a acostumbrarse, la luz a cielo abierto deslumbra.

Deslumbrados cual fogonazo andamos confinados hoy, con miedo también a la muerte esquiva. Paralelismos a parte, los dos confinamientos son consecuencias de guerras de exterminio. En este tiempo lo que sobra es tiempo. Tiempo del que la vorágine diaria en ese loco afán acumulativo consumista nos privaba. Pues ese tiempo ahora hay que pasarlo en casa, porque no pensando, actividad en desuso, ya se encargan desde otras esferas de darnos todo pensado.

Pensando, procesando la avalancha informativa diaria, me acuerdo del  pluralitas non est ponenda sine necessitate, las cosas esenciales no se deben multiplicar sin necesidad. Es decir las hipótesis en un razonamiento deben estar basadas en pocas y sencillas premisas. Este es el principio de la navaja de Ockham, o principio de la parsimonia.

El principio de parsimonia es sencillamente, sentido común. Observando los hechos, debemos despojarlos de todo aquello que no es esencial buscando en la simplicidad la solución. La cultura y las creencias condicionan lo que una persona considera sencillo. Más cuando los distribuidores de información filtran que es o no notica. En todo caso la distribuyen muy masticada, solo para digerir.

Digerir la crisis actual, las condiciones que debemos soportar, es realmente insoportable. Pero mientras dure la guerra, no queda otra que resistir. El campo de batalla está ahí fuera, invisible pero efectivo, nosotros desprovistos de armas para defendernos debemos permanecer en la trinchera. No necesariamente inactivos, podemos reflexionar.

Reflexionando he llegado a la conclusión de que esta guerra se concibió, no en las patéticas reuniones del Club Bilderberg que todo el mundo conoce, sino en un lugar más recóndito, donde solo congregan unos pocos, en una casa rural de la España vaciada, cerca de la Sierra Pela. Lugar ubicado fuera de los google maps. Allí tras una copiosa comida, mientras degustaban unos digestivos y aspiraban sus puros, los allí presentes prestos a nuevas emociones, acordaron apostar a ver quién era más dominador.

Dominar con arte convenciendo y consiguiendo la complicidad de los dominados. Esto erradicaba de entrada el uso de armamentos, crisis, religión o control de recursos. Uno de ellos resolvió que la mejor manera de dominio es controlar el miedo, nadie piensa razonablemente, nadie se mueve con libertad, bajo el miedo atenazante. La cuestión es cómo distribuir el miedo a toda la población. Se fijaron en la religión que había conseguido regular las dosis de miedo necesarias para controlar a las masas, pero no lo había conseguido de manera centralizada, eran muchos credos los que se disputaban el trono.

La religión cayó a mínimos cuando la peste negra asoló Europa, la enfermedad, el miedo a la muerte supera el perdón divino y el descanso eterno. Para ello había que diseñar una pandemia que de manera imprevisible metiera en casa a todo el mundo a la vez y sin rechistar, después el mundo ya no será lo que era, el rebaño olvidaría a Nietzsche, la esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre.

Ese tormento se prolongará ante la posibilidad de que otro virus pueda aparecer, el miedo es libre, solo quienes lo controlan saben cuánto aprieta. Más allá del rebaño cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia, esta siempre supera al relato.

El Aguijón.

 

Acerca de Politiquea

Viñetista y escritorzuelo
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