SINDICATOS

SINDICATOS                 13. Movilizaciones e

Las masas humanas más peligrosas   son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo…del miedo al cambio.

Octavio Paz

Paris alza la voz, a vueltas con la reforma laboral, las calles se inundan de manifestantes, que claman contra una ley del trabajo, que ni es de ley ni es para el trabajador. Esta situación ya la hemos vivido antes en Madrid. Lo triste es que ya no decimos el país tal o el país cual, se tira a la calle contra a tal reforma, las manifestaciones se han localizado, forman parte del contexto, pero no lo transforman. Se convierten en mediáticas por un tiempo las que se dan en las grandes ciudades, poco después pasan a segundo plano,  panem et circenses.

Inmersos como estamos en un nuevo escenario laboral de corte postindustrial, en un mundo en el que el sistema de producción capitalista se ha desarrollado a nivel planetario, en el que los países que no alcanzaron en su momento un desarrollo industrial potente, dando el salto desde una economía agrícola a una de servicios, sin solución de continuidad, se han visto avocados a pagar unos costes de adaptación al nuevo sistema global. En esta transición se han perdido muchos empleos, convirtiendo a muchos trabajadores en desempleados de larga duración, tan larga que algunos no volverán a integrarse en el mercado laboral. Además los puestos del sector servicio que habían pasado a ocupar el lugar del empleo industrial, se han visto recortados como consecuencia de las políticas de austeridad auspiciadas desde la Unión Europea, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo, y que han afectado especialmente a la educación y la sanidad, no han podido absorber las necesidades de empleo de España. La situación a la que nos hemos visto avocados ha supuesto para el sector primario un descenso de la empleabilidad desde el 24% en 1976 a un 7% en 2004, según la EPA. El sector de la industria y transformación ha pasado 26% en 1976 al 18% en 2004 permaneciendo prácticamente estable, la construcción iba creciendo con arreglo al ciclo económico hasta llegar a la explosión de la burbuja inmobiliaria, que supuso la pérdida de 1,74 millones de empleos en la construcción, ya que finales de 2014 había 1,03 millones de trabajadores dedicados al sector de la construcción frente los 2,77 millones de 2007. Donde más se ha notado la reducción de empleo en estos últimos años ha sido en el empleo público, volviendo a los niveles de empleo del año 2004, con una merma en el empleo próxima a medio millón de puestos de trabajo, que no están previstos restituir ya que por el Real Decreto-Ley 20/2011, de 30 de diciembre, de medidas urgentes en materia presupuestaria, tributaria y financiera para la corrección del déficit público, todas las jubilaciones conllevan, salvo los casos excepcionales previstos por la propia ley, la amortización de esas plazas. Con lo que en un futuro no muy lejano, teniendo en cuenta que la población funcionarial ha envejecido sin prácticamente ninguna renovación, la empleabilidad en este sector será crucial. En parte porque la expansión del mercado de trabajo en España depende sobremanera del empleo en el sector servicios y en particular en los que provienen del sector público.

Esta transformación estructural de la sociedad española ha permitido la expansión de las nuevas clases medias, de un proletariado altamente cualificado, que se ven sometidos a la inestabilidad laboral, a los trabajos en precario, con sueldos que no permiten un proyecto de vida a largo plazo, que ha llevado aparejado un descenso en la natalidad que por primera vez desde 1999, en el primer semestre el número de nacimientos fue de 206.656 mientras que las defunciones ascendieron a 225.924, con un crecimiento negativo de 19.268, con el riesgo que supone la inversión de la pirámide poblacional. Junto con que desde 2008 han salido del país 427.004 españoles dejando el saldo migratorio en -27.766 personas menos. El recambio laboral y el mantenimiento del pequeño Estado de Bienestar desarrollado están en peligro, junto el pago de las pensiones, la ayuda a la dependencia, la sanidad, la educación o cualquier otra prestación social.

Este nuevo mercado de trabajo se caracteriza por una contratación de baja calidad, con trabajos de formación heterogénea, desplazando las nuevas actividades productivas hacia actividades del sector servicios, que fomentan nuevas figuras contractuales caracterizadas por la inseguridad y los desequilibrios en la negociación colectiva, han hecho que pasemos de una estructura productiva más o menos estable a una producción flexible que ha deslocalizado la producción industrial a países con economías emergentes, con una normativa no respetuosa ni con los trabajadores, ni con el medio ambiente, que permite la producción a bajo coste, con el riesgo que ello comporta.

La solución es compleja y probablemente se extienda en el tiempo, pero tenemos que reflexionar sobre la conveniencia de revisar el sistema en busca de otras alternativas menos nocivas, es imposible producir, consumir, explotar los recursos y contaminar de forma ilimitada como estamos haciendo en la actualidad.

Mientras en un contexto mundial como el descrito, en España oímos, lo que los voceros nos cuentan, creemos a pies juntillas y con fe ciega, todo lo que el aparato informativo nos dicta, acabando por acusar a los sindicatos de inmovilismo o de estómagos agradecidos. Es cierto que aquí los sindicatos no son tan fuertes como el  IG Metall (Alemania), CGT (Francia), CGIL (Italia), UGT (Portugal) y AFL-CIO (Estados Unidos), ni tienen el apoyo que les otorga a estos,  el que lo que firman es solo para sus afiliados, no como en España, que duele, que la lucha de unos pocos, encima divididos, redunde en beneficio incluso en quienes los critican, aquellos que apoyan más una manifestación contra el descenso de su equipo a 2ª B, estando desempleados, que dos huelgas generales y sus respectivas movilizaciones. Los sindicatos no hacen nada, su fuerza emana de las personas que lo integran. Igual si lo que consiguiesen fuese solo para sus afiliados, tendrían más apoyo. Porque necesitamos unos sindicatos fuertes, para enfrentarnos a los desafíos de la mundialización y la deslocalización. Las grandes corporaciones son conscientes del poder de unos trabajadores organizados, por lo que pretenden menoscabar su poder e influencia como representantes sociales, bien vía sindicatos amarillos o de empresa, bien informando malintencionadamente sobre desmanes de algún sindicalista aislado. Incluso cuando salen casos de corrupción un día sí y otro también, o aparecen papeles en Panamá, cuántos panamás más habrá, Falciani dixit.

@Polithiquea

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